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En 1878 nació en un ranchito de Durango un niño al que llamaron José Doroteo Arango Arámbula. Hijo de un peón pobre y huérfano desde muy niño, parecía condenado a ser peón de campo toda la vida, que era como ser esclavo. Pero Doroteo no quiso ser esclavo y se rebeló contra su destino. A los 16 años abandonó la vida de peón y se echó a la sierra, según la leyenda cultivada por él mismo ya con el nombre de Pancho Villa, que eligió hacia 1900, porque el patrón intentó abusar de su hermana. Ahí comienzan las leyendas que lo pintan como un Robin Hood mexicano: un bandolero que se oponía al abuso y ayudaba a los pobres. La historia es mejor que la leyenda: ese hombre que no quiso ser peón de campo en 1910 decidió convertirse en revolucionario. Nadie esperaba de él que fuera algo más que un afortunado capitán guerrillero, pero construyó el ejército revolucionario más grande de la historia de América y se convirtió en el dirigente de un proyecto de transformación revolucionaria en vastas regiones de México. Se volvió el símbolo más popular de la rebeldía del pueblo y su foto está en miles de taquerías, talleres, sindicatos, neverías y casas por todo el país.
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